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Reflexiones en el mes del orgullo

Cada 28 de junio se conmemora el Día Internacional del Orgullo, una efemérides muy importante para todes quienes pertenecemos a la población mundial de personas Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans, Intersexuales, Queer, Asexuales y más (LGBTIQA+).  

Una lucha que nace en 1969 en Nueva York, Estados Unidos, en donde se suscitaron los disturbios de Stonewall, en respuesta a un sistema que perseguía, denigraba y violentaba sistemáticamente. Y aún hoy en día lo hace. 

En Chile, el orgullo nace desde las vulneraciones, opresiones, discriminaciones y violencias que se han fundido en el clasismo y racismo, heredados desde la época de la colonia, hacia quienes fueron y son llamados “raros”, por expresar y vivir una sexualidad y expresión diferente a la heterosexual forzada y patriarcal. 

Estas estructuras sistemáticas de opresión se quiebran por tres eventos mediáticos que la prensa llamó “escándalos”. Uno de ellos sucedió en 1969, llamado “el escándalo de la calle Huanchaca” en Antofagasta; un segundo, en 1973, llamado “la primera protesta homosexual de Chile”, en la plaza de armas de Santiago; y una tercera ocurrida en 1974 llamada “así operé a Marcia Alejandra” (Revista Vea), haciendo pública la primera cirugía de reasignación genital en una mujer trans antofagastina y peluquera de oficio en el hospital San Borja de la capital. 

Cabe destacar que en estos tres hechos consta el registro de la participación de mujeres trans y hombres homosexuales. Las mujeres lesbianas en medio de la dictadura hacen pública su presencia a través del colectivo “Ayuquelén”. En la década de los 90, Chile ve nacer la organización comunitaria de personas de nuestra población a través de las organizaciones de la sociedad civil, las cuales permanecen hasta el día de hoy.

Esta organización se ha expresado en el trabajo comunitario, en la defensa de derechos humanos e incidencia política y establecimiento de redes que han dado grandes frutos, tales como la visibilización de nuestra población LGBTIQA+, leyes como la ley Zamudio, de Identidad de Género y el acuerdo de Unión Civil. 

Además, el trabajo y organización de familias de niñes trans y de personas de género neutro, asexuales e intersexuales y sus visibilizaciones, han contribuido a dar forma y comprender que la diversidad es un importante componente de nuestra población, fluida y cambiante, con intereses propios, testimonios, necesidades y ansiadas reparaciones a estas décadas de omisiones, opresiones y violencia recibidas. Parte del “Orgullo” nace de la necesidad de no olvidar a todos nuestros mártires, quienes han perdido la vida a manos del odio y el desconocimiento a nuestras realidades.  

Son en estos lugares y contextos en donde nace, a mi juicio, el orgullo de ser y expresar nuestras diversidades y diferencias. Honrando a quienes nos han precedido, quienes lucharon antes que nosotres, a quienes han asesinado en la impunidad y a quienes aún luchan y se organizan por quienes vienen.

El orgullo de ser diferentes y diversos en esta última década se ha unido además a un movimiento social, que ha demostrado que puede rebelarse ante un sistema desigual e injusto. Lo hemos comprobado a raíz del estallido social en 2019. Y la lucha de la población LGBTIQA+, se ha unido a otras causas como la del pueblo mapuche del cual soy parte o, por ejemplo, las cruzadas por un ambiente libre de violencia hacia todas las mujeres, la búsqueda de justicia y reparaciones a víctimas de la dictadura, por el agua y una nueva constitución para nuestro país, entre otras tantas e importantes y trascendentes luchas.

Sin lugar a dudas, nuestro país tiene una deuda histórica e importante con sus diversidades y disidencias, porque el orgullo no lo ha construido el Estado, sino nosotres desde nuestras diferencias. Y es algo siempre necesario de recordar en cada mes del orgullo, porque esta deuda persistirá por mucho tiempo más. Es un orgullo manchado con injusticias, pero también con esperanzas.

Pedro Lemebel señalaba que todo grupo humano que pertenezca a la otredad y luche por sus derechos en una sociedad, serán tachados siempre de violentos. Pero en realidad es la violencia hacia nosotres como población LGBTIQA+ la cual se ha llevado vidas valiosas, legando también mártires que nos recordarán por siempre que en Chile puedes perder la vida por expresar tu identidad de género, tu orientación sexual, tu derecho a manifestarte, tu derecho a casarte, a formar familia, a tener o adoptar hijos.

Estas reflexiones las puedo argumentar de forma personal, desde mi vivencia y desde el sentir profundo del ser activista trans, mapuche-huilliche y mujer, pues el trabajo de activista en estas áreas implica siempre reconocer la historia de nuestra población y cómo se ha construido el orgullo, y sobre todo reconociendo el arduo trabajo de las organizaciones de la sociedad civil LGBTIQA+ por lograr el ansiado cambio cultural. Quienes se oponen a nuestras existencias y expresiones, son  personas y organizaciones que miran el mundo y lo viven dentro de un imaginario de sexualidad héterosexual forzada y patriarcal que nos daña. 

Queda mucho por enfrentar y luchar por la reformulación de leyes para nuestra población, abordar y visibilizar los costos y efectos de la pandemia de COVID 19, y además, construir una nueva constitución con nuestros representantes. Queda  visibilizar aún más nuestra presencia y expresiones de diversidad, para construir entre todos un país mejor que no vea a la diversidad como una destrucción, sino como una construcción.